El parking VIP

Recuerdo cuando con un dolita’ conseguía parking en Panamá. Ahora, acosada por cinco pelaitos rodeando el perímetro de mi carro, me veo obligada a aceptar su “servicio” –no sabía que pagaban alquiler de calle- para poder satisfacer una necesidad que mas bien tenía entendido era mi derecho de aparcarme en un área pública.

Este viernes, cuando llegaba al Casco para apoyar a un cuñado de cariño que se afina tocando las congas, viví una pequeñita situación que, por lo visto, será el mal necesario de todo el que quiera tener carro en Panamá. Aquí les presento… ¡Roberto el bien cuidao’ y su parking VIP!

Mientras el señor me guiaba, mis copilotas me hacían barra dentro del carro, llenando de ánimos mi intento de estacionarme dentro de una cancha de básquet en Plaza Herrera. Ya había tantos carros estacionados allí, que no entendía si el señor había visto mal y si había confundido mi carro por una moto o por un Picanto.

“¡Dele, reina! ¡Con confianza!” Finalmente, con confianza o sin confianza, mi carro entró paralelamente entre la cerca de la cancha y otro carro.

“Reina, son cinco dolita’ por el parking, ¿oyó?” No sabía si reírme o insultarlo. Mejor optar por la cortesía…

“¿Cinco dólares?” Al final, mi intención era llegar al toque; y nuestro gran patrimonio cultural se llenaba cada vez de más y más carros, así que saqué el único billete de 20 que tenía. Al no tener cambio el señor, me encontré [otra vez] de bien mandada entrando de bar en bar persiguiendo billetes más pequeños para poder pagarle al gran empresario. Sinceramente, pienso que mi medidor de paciencia necesita un ajuste… ¡Para algunas cosas me sobra tanta!

“Su carro está en parking VIP, reina, ¿oyó? ¡Bien cuidao’!”

Le di sus cinco dolita’ y mi amiga le preguntó por su nombre. “Roberto”, contestó. Y, más veloz que los saqueadores de Calidonia, desapareció.

La música de Pixbae estuvo excelente, la cerveza agradable y el pequeño bailoteo al son de los covers nos cayó bien a todos. Ya era hora de volver a casa, así que tomamos rumbo a retirar el carro del parqueadero VIP. 
Pixbae (excelentes músicos), diciembre 2012.

Si pensamos que en esa cancha no cabía un solo automóvil más, ¡que pendejas las tres! Al entrar al lote, notamos que el distinguido Roberto nos había bloqueado el carro, estacionando dos carros más al lado, haciendo imposible la salida. ¡Y qué va intentarlo!

“¿Dónde está Roberto?”, preguntamos desesperadas a los miles de chiquillos acaparadores que insistían en estacionar aún más carros en la cancha. “¿Roberto? Yo no sé quién es Roberto, mami”. ¡Ah! Es que ahora nadie sabe quien es Roberto.

Los guardias SPI quisieron ayudarnos, eso lo admito, pero vamos, el camino al infierno se pavimenta de buenas intenciones.

¡Qué felicidad la de Roberto! Seguramente, acomodó tres carros, se hizo sus 15 dolita’ y a gozar su viernes se fue.

Luego de 40 minutos de espera, frustración y trifulca, milagrosamente apareció el dueño del carro que nos bloqueaba. El hombre, seguido por un clon de Roberto, se disculpó con la mano y nos liberó el paso. “¿Están bravas?”, nos preguntó el clon, “Cualquier bendición es bienvenida, ¿oyeron?”. Con miradas fulminantes, casi le transmitimos hasta de qué moriría. Y el hombre, sonriente, nos dijo: “¡Sonrían, bellas! ¡Bendición!”

¿Lección? Juégale vivo al juega vivo, que la vita è molto bella y no existe cosa alguna como parking VIP dentro de una cancha de básquet en Plaza Herrera. ¡Que no te la apliquen a ti!

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