El apretón de pecho

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Ese momento en que abres Word y el pecho se te aprieta. Estás a punto de escribir, y la canción que escuchas te potencia ese apretón. Luego se acaba y te preguntas por qué.

Cambias la canción. Y es aquella que te recuerda a ese viaje cambiante de perspectivas. Estás en el limbo, entre el recuerdo y un ardor de pasión.

Y es que la sangre es joven, y corre sin parar.

Pero se ha ido la luz y tienes que salir esta noche. Y el titileo de la vela apenas sirve para escoger qué te vas a poner. Y no importa, pues la canción sigue apresurándose dentro de ti.

Aguarda. Hay que llenar esa copa de Carmenère, que ya te vacila, vaciándose.

Letargos causales

Sin consideración posible, el ardor de la mañana remite un impulso socialmente necesario para proseguir la faena. Los zumbidos de los autos en la carretera, las cornetas y los estruendos de un reggeaton vecino y la miel acabada de fundirse en el calor de mi té son indicativos de un estado de alerta pasiva. Las ganas perduran a diario, y el corazón late sin vacilar en pensamientos o emociones atolondradas.

Es viernes, y culmina una semana del estupor ocasionado por los chistes que orgullosamente se tira la vida. Adelante vamos, ¡sin más dilación!

Doble estándar tech

Quítame la tecnología y me ahogo en un vaso de agua. Mis dedos inciden en la pantalla táctil que obedece sin queja ni titileo. Aplicaciones, fotos, contactos, llamadas tomadas y perdidas… Información y cada vez más información que me llena por dentro.

La data entra por las pupilas, abriendo paso a la serotonina, mientras que la dopamina hace de las suyas. Son estímulos tras estímulos.

Pero una noche decidí abrir la laptop. Uy, qué reliquia. Me envolví en el gusto de sentir las teclas iluminadas y escuchar cómo suenan.

Seguidamente, una parte en mí quedó satisfecha al ver que en mi pantalla no quedarían untadas mis huellas digitales.

Potaje mixto

Escribir es muy normal. Claro, si sale de una mente que pregunta hasta si su existencia es adecuada.

Los tonos de una canción te forman un retumbar en la cabeza, y allí es donde piensas que te estás dejando llevar por la música.

Pero la música en realidad fue dejada llevar por un músico con la cabeza retumbada. De ahí en adelante, bienvenidos al espectáculo.

Si uno se sienta a enumerar sus pecados, los milagros intentan opacarlos con vehemencia. Es como si no hubiese lugar para el inmundo. Pues a todo lo que se aspira es a ser magníficamente influyente, dentro de un mundo cuyos habitantes respiran éxtasis y son movidos por la influencia.

Si saltas, caes. Si caes, pierdes. Mejor es aferrarse al ritmo de la música, porque las cabezas que retumban al menos son guiadas por una emoción acorde.

Los influidos guindan de sogas que los controlan y direccionan, con el fin de crear una masa, realmente camuflajeada, que distraerá a los que aún no han empacado maletas siquiera.

Son trocitos de luz, son trocitos de claridad, que entran en nosotros como rayos de sol y cuyo fin es iluminar lo que siempre ha estado, pero que ahora está.

De mi mente salen palabras que forman oraciones que desnudan mi pensamiento, vuelta todo un potaje mixto. Y a algunos les toca ñame, a otros otoe y a otros el pedazo más carnoso de la gallina.

El panameño: Un bully al volante.

El Bendecido, septiembre, 2013.

Llevo meses sopesando si debo escribir esto con la cabeza fría o caliente. Pero llegué a la conclusión de que, honestamente, da totalmente igual. Estemos cuerdos o con la neura alborotada, la realidad es la misma.

Hace unos días me chocó un democrático Red Devil en plena Calle 50. ¿A caso no estaban fuera de circulación? Algo me perdí… Y qué reculo.

Lo primero que pensé fue: “Es que ni con el permiso son capaces de manejar bien”.

Pero luego entendí que los buseros, taxistas y camioneros no son los únicos villanos de esta “pista infernal” que transitamos en Panamá. Nosotros mismos, los panameños, nos convertimos en los peores ciudadanos a la hora de tocar un timón.

Y me da mucha risa…

Escenario 1

Quiero cambiarme de carril.

Prendo la direccional.

El carro del otro carril -que está metros atrás- avanza lo que no ha avanzado en su puta vida para no darme paso.

Escenario 2

Quiero cambiarme de carril.

¿Direccional? ¿Eso qué es?

Giro con una buena dosis de juega vivo.

El carro del otro carril queda con los pantis abajo y logro entrar.

Dejen vivir, mayo, 2013.

El otro día leía el comentario de una amiga: “El panameño odia al panameño”. Y, lastimosamente, no podría estar más de acuerdo. Por alguna razón, nos tenemos una tirria inmensa y no queremos hacérsela fácil al otro porque, quite frankly, somos unos egoístas. ¿Y qué tipo de mentalidad es esta? Si seguimos así, no quiero ni saber cómo será cuando inaugure el metro. Desde ya voy comprando mis stickers de rosarios y los saumerios para el carro.

En mi caso, solo a los golpes (OJO: y tenían que ser de un diablo rojo), es que aprendí que debo manejar a la defensiva, y lo detesto. Porque claro… ¿Por qué un pinche taxi puede hacer la hazaña del día y salirse con la suya y yo no? ¡Qué producto diario!

Y las típicas conversaciones que tenemos por celular. Porque, claro, todos hablamos por celular cuando manejamos… “¡El man del Terios se metió por la acera de la Vía España, aweba! Y ahora está atravesado, bloqueando la Vía España con el cruce de Vía Porras… ¡Qué animal!”

En fin, yo solo sé que en mi bello Panamá para salir a manejar me voy con un té de tilo por delante. Pongo mi música. Sí, mi música. Nada de explosiones, reventadera y las risas falsas de Pulgoso en las emisoras, y listo. Que las bestias se maten entre sí hasta que un día (ojalá y no sea a las malas, toc, toc, toco madera) aprendan a comportarse de verdad.

Y por favor, antes de salir de casa, asegúrense de no tener goma en las manos, pareciera que a muchos les pasa y se les quedan pegadas al pito.

P.D.: Solo si se lo preguntaban, tengo la cabeza un poquito tibia.

La virgen de la cueva y los “Panama Blues”

Aleros y lluvia, agosto 2012.

¡Finalmente cayó la lluvia!

Comercial: Lo gracioso es que estoy casi segura de que, en pocas semanas, la gente va a empezar a llorar para que escampe. [Pero bueno, ese no es el punto.]

Antes de ayer que finalmente llegó el buen chaparrón -de esos bien panameños que duran el día entero- recordé algunas cosas que automáticamente vienen con la inherente temporada lluviosa en Panamá.

Y es que, una vez que cae, no hay forma de cerrar el grifo. Y así como perduran el agua y las nubes, así perduran las anécdotas y eventualidades que, de alguna u otra manera, pellizcan nuestro sistema nervioso y afectan solo un tantito nuestra rutina diaria. Son las situaciones típicas con las que estoy segura muchos de nosotros hemos tenido que aprender a lidiar si hemos pasado el “invierno” en Panamá. Y las llamaré “los Panama Blues”.

Los bichitos que vienen con la lluvia. Antes de anoche mi copa de vino sufrió la amenaza de ser invadida por estos torpecitos individuos a los que yo más bien llamaría kamikazes. Vuelan por todo el lugar, sin rumbo alguno, y de alguna manera siempre llegan a jodernos la paciencia. Ayer en la mañana, mi apartamento amaneció lleno de alitas. Qué tragedia…

El buen empierne. La tarde se pone gris, el clima frío y sale a la luz nuestro yo-meloso. Buscamos entonces ese calorcito humano bajo la excusa de un buen acurruque y quizás una película o dos… Yeah!

“¡Ayala ve—!” Y es que, ¿quién no se ha asustado a muerte cuando le cae un rayo en frente?

El chocolate caliente. Con galletitas, con pan de azúcar y queso amarillo o con malvas, you name it. Este es un básico para complementar los días lluviosos. Dentro de esta categoría también podría meter una buena copa de tinto y un buen cigarrito Dunhill.

Raindrops, septiembre 2012.

Los cartuchos del super multiuso. Nunca faltan las doñas y doños en las calles que han sabido apoderarse del arte de reciclar las bolsas del supermercado para taparse la cabeza y hacerse botitas improvisadas.

“¡Cierra las ventas! ¡Corre!” Y con la nueva cultura de ahorro energético que tenemos, las ventanas abiertas se han convertido en nuestro mejor aliado. Pero se escuchan los truenos, se siente esa brisa que va cogiendo fuerza y, si no quieres sufrir las consecuencias de la madre naturaleza, mejor no hagas preguntas ni pienses que el fresco está rico. ¡Cierra tu ventana!

“Y yo que lavé mi carro hoy”. Amanece soleado y pensamos que es el día perfecto para lavar el carro porque algunos, muy ilusamente, pensamos que así se quedará el resto día. On patacón… Solo dejen que pasen un par de horitas y verán. Consejo: ¡Piensen que lavaron su carro por dentro también! (Wink, wink).

El bajareque genera tranque. Este es un síndrome que afecta al panameño en general. Cae la primera gota y automáticamente el país se entorpece. Las calles se convierten en un campo de guerra y empezamos a lidiar con choques pendejos, cromañones desquiciados al volante, vidrios empañados que resultan ser peor que un punto ciego y, por supuesto, gente tratando de evadir la siguiente “situación”…

Nubes y calle, agosto 2012.

El Chagres 2.0. Helicóptero, jet ski o lancha, pero hazte el machito tirando tu carro y te arriesgas a quedarte sin chicha ni limonada, con los mejores y lindos recuerdos de un carro que se ahogó. Y ahora con el Metro Bus en las calles (que para mí ejemplifica el dicho “aunque se vista de seda, mona se queda”) y con las construcciones del metro que traen de ñapa las calles irregulares llenas de huecos, alcantarillas tapadas, las estaciones improvisadas y los obreros que salen de todos lados con banderitas, señales y complejos de policías de tránsito, definitivamente este invierno 2013 en Panamá será como jugar en el nivel máximo de dificultad de un videojuego… El único detallito es que si nos sale Game Over, no es tan fácil volver a empezar.

¡Vayan practicando desde ya!