¡Bienvenido, Sr. 2013!

Al marcarse las 00:00 del 1 de enero de 2013, quizás tu tía se aferró a una maleta al son de 440 para garantizar prósperos viajes durante el año. O quizás besaste a tu pareja como si fuese la última vez para sellar con garantía un año más de amorío y cursilerías. O quizás solo brindaste al “¡clin!” de una copita de champaña que prometía no matar ni a una mosca y terminaste la noche bailando con la tercera botella en mano. ¡Cheers to that!

Y es que, ¿a quién no le emociona pensar que tiene una página en blanco para iniciar nuevos dibujos? Es lo mismo que ocurre con la llegada de un nuevo año. Hasta los más escépticos sonríen de a poquito. Las nuevas metas son el motivador de cualquiera y el mata-trip de nadie.

Ya las resoluciones fueron escritas y llegó la hora de ejecutarlas. Veo a mucha gente en la calle con ropa deportiva o dándole duro al trabajo. Es verdad, tenemos que ganarnos el pan y cuidar que éste no nos engorde pero, por favor, ¡relajémonos un poco!

El año apenas inicia, y moverme de un punto A a un punto B dentro de esta ciudad es sinónimo de montarme en una ola de hostilidad. La semana pasada, un taxista terminó dándole manotazos a mi carro porque, gracias a un “cortés” conductor, no pude cruzar al carril opuesto y quedé bloqueándole la emoción a miles de carros que venían desaforados con la luz verde. Ya se imaginarán al camionero de atrás; casi desbarata su puerta de la frustración que agarró. Hombrecito civilizado…

Lo bueno de todo esto es que el verano también está aquí. Y aunque haya traído brisas que irónicamente incomodan, pues atraen el fuerte olor que expide la fábrica de Café Durán a mi apartamento, me alegra y suaviza el ambiente con sus coquetos atardeceres.

Volviendo al patín, ¿qué quiero lograr este año? Pues soy una aburrida y me falta originalidad. ¡Con unas 10 libras menos quedo regia! Y siguiendo la línea de cero originalidad, quiero meterme a yoga y viajar más. (¡Y quiero paz en el mundo!)

El otro día crucé en carro las esclusas Gatún y fue una experiencia totalmente exhilarante. Confieso que morí y resucité del susto por unos minutos pues el carro que encabezaba la fila quedó varado antes de subir la loma al final, y quedamos estancados ante una imponente y oxidada esclusa que nos separaba de un barco del tamaño de mi imaginación (o sea, ¡gigante!) que esperaba su turno para poder cruzar. Allí fue cuando entendí que viajar no necesariamente implica irse a otro continente. Ya saliéndote de la rutina consigues un boleto con destinación a Sorpresalandia.

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Desafortunadamente, ese día no pudimos llegar al Fuerte de San Lorenzo por el derrumbe ocurrido hace algunos meses, pero el rato que pasamos en la marina me renovó. Ver infinitos catamaranes ante un imponente horizonte de mar y cielo fue increíble. Y yo hablando de que Panamá aburre y no hay más que ver. Debería callarme la boca y hacer el trip a Boquete, Bocas y San Blas que jamás he hecho. ¡A veces me pierdo de tanto por pensar que no hay tanto!

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Este 2013 arrancó marcando territorio. Huele a retos y rodillas raspadas pero, con una bocanada de aire fresco como la que consigo entre las maravillas panameñas, ¡me lo voy a gozar!

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El punto y la plaza lunar

“Panamá es un punto; aquí todos nos conocemos”, me dijeron hace poco en una querella telefónica que duró como 10 minutos.

¡Por supuesto! Somos chiquitos y vamos creciendo, pero ¡ojo! que eso no se traduce en la incapacidad de marcar nuestro propio norte. Reitero que es pecado inconcebible dejarnos acaparar por las ideologías plásticas que otros paisitos no tan “puntos” nos implantan con la clara personalidad de un signo de exclamación.

Siento que voy en una navecita espacial llamada la sociedad panameña, y que ésta, a su vez, viaja en piloto automático hacia un hoyo negro apodado Globalización Inconsciente.

En estos días caminaba por la nueva etapa de Multiplaza y su Plaza de la Luna. La verdad es que hubiese preferido estar en la Luna que caminando por los infinitos pasillos de tiendas aspiradoras de dinero. De una vez me puse mi escudo contra tentaciones y seguí caminando. En eso, me da por ver para arriba y la decepción cayó aún más fuerte que un meteorito desde un cielo raso inexistente: un food court más agringado que cervezas Budweiser y frat parties.

Antes me emocionaba pensar en la globalización. De chola, ¡me imaginé un Panamá explotadu’ y modernu’! Ahora, me da una especie de pánico. ¿Quién controlará hasta qué punto se entromete la necesidad de generar y obtener más? ¿Quién controlará al zombie comprador que, cegado por la vanidad y la euforia, busca más lujos y menos detalles?

Gente, hay alternativas de compra más ecológicas, auténticas y saludables. ¿Qué tal si nos enfocamos en buscarlas a ellas? Yo le haría una línea gráfica a cualquier artesano en el Casco Viejo para posicionar en alto sus winnies y molas.

Prefiero que me llamen hipster a ser una awebada más en los Black Fridays. La compulsión por las compras que absorbí a finales de noviembre todavía se me desborda por los oídos.

Estoy acostumbrada a vivir rodeada de marcas y comodidades instantáneas. Pero tanta vendedera y publicidad abrumadoras me han asfixiado. ¡Ya el olor a plástico me tiene jorra! Me hartaron y ahora quiero vivir al estilo naturaleza con gerundio espontáneo. A mí muéstrenme algo que no haya sido enlatado si realmente quieren sorprenderme.

Eso me recuerda a una vez que me preguntaron: “¿Qué quieres de cena?” Y yo respondí: “Con tal que tenga una pisca de amor, ¡lo que sea!”

Y bien, Panamá es un punto. El tema es que el punto es más determinante que las comillas y menos condescendiente que el punto y coma. Un punto pone fin a una idea y abre paso a otra. Seamos mejor el punto que marca el inicio de un nuevo capítulo. No quisiera que a Panamá se le pusiera punto final.

Y cuando de países se trata, ¡a veces no es tan fácil crear un libro nuevo!

El parking VIP

Recuerdo cuando con un dolita’ conseguía parking en Panamá. Ahora, acosada por cinco pelaitos rodeando el perímetro de mi carro, me veo obligada a aceptar su “servicio” –no sabía que pagaban alquiler de calle- para poder satisfacer una necesidad que mas bien tenía entendido era mi derecho de aparcarme en un área pública.

Este viernes, cuando llegaba al Casco para apoyar a un cuñado de cariño que se afina tocando las congas, viví una pequeñita situación que, por lo visto, será el mal necesario de todo el que quiera tener carro en Panamá. Aquí les presento… ¡Roberto el bien cuidao’ y su parking VIP!

Mientras el señor me guiaba, mis copilotas me hacían barra dentro del carro, llenando de ánimos mi intento de estacionarme dentro de una cancha de básquet en Plaza Herrera. Ya había tantos carros estacionados allí, que no entendía si el señor había visto mal y si había confundido mi carro por una moto o por un Picanto.

“¡Dele, reina! ¡Con confianza!” Finalmente, con confianza o sin confianza, mi carro entró paralelamente entre la cerca de la cancha y otro carro.

“Reina, son cinco dolita’ por el parking, ¿oyó?” No sabía si reírme o insultarlo. Mejor optar por la cortesía…

“¿Cinco dólares?” Al final, mi intención era llegar al toque; y nuestro gran patrimonio cultural se llenaba cada vez de más y más carros, así que saqué el único billete de 20 que tenía. Al no tener cambio el señor, me encontré [otra vez] de bien mandada entrando de bar en bar persiguiendo billetes más pequeños para poder pagarle al gran empresario. Sinceramente, pienso que mi medidor de paciencia necesita un ajuste… ¡Para algunas cosas me sobra tanta!

“Su carro está en parking VIP, reina, ¿oyó? ¡Bien cuidao’!”

Le di sus cinco dolita’ y mi amiga le preguntó por su nombre. “Roberto”, contestó. Y, más veloz que los saqueadores de Calidonia, desapareció.

La música de Pixbae estuvo excelente, la cerveza agradable y el pequeño bailoteo al son de los covers nos cayó bien a todos. Ya era hora de volver a casa, así que tomamos rumbo a retirar el carro del parqueadero VIP. 
Pixbae (excelentes músicos), diciembre 2012.

Si pensamos que en esa cancha no cabía un solo automóvil más, ¡que pendejas las tres! Al entrar al lote, notamos que el distinguido Roberto nos había bloqueado el carro, estacionando dos carros más al lado, haciendo imposible la salida. ¡Y qué va intentarlo!

“¿Dónde está Roberto?”, preguntamos desesperadas a los miles de chiquillos acaparadores que insistían en estacionar aún más carros en la cancha. “¿Roberto? Yo no sé quién es Roberto, mami”. ¡Ah! Es que ahora nadie sabe quien es Roberto.

Los guardias SPI quisieron ayudarnos, eso lo admito, pero vamos, el camino al infierno se pavimenta de buenas intenciones.

¡Qué felicidad la de Roberto! Seguramente, acomodó tres carros, se hizo sus 15 dolita’ y a gozar su viernes se fue.

Luego de 40 minutos de espera, frustración y trifulca, milagrosamente apareció el dueño del carro que nos bloqueaba. El hombre, seguido por un clon de Roberto, se disculpó con la mano y nos liberó el paso. “¿Están bravas?”, nos preguntó el clon, “Cualquier bendición es bienvenida, ¿oyeron?”. Con miradas fulminantes, casi le transmitimos hasta de qué moriría. Y el hombre, sonriente, nos dijo: “¡Sonrían, bellas! ¡Bendición!”

¿Lección? Juégale vivo al juega vivo, que la vita è molto bella y no existe cosa alguna como parking VIP dentro de una cancha de básquet en Plaza Herrera. ¡Que no te la apliquen a ti!

12/12

Chris disfrutando su look, diciembre 2012.
Chris disfrutando su look, diciembre 2012.

Diciembre… ¡Qué mes!

Sí, sí… Todos sabemos lo que trae el 12/12. Están los tranques infernales, el mall abarrotado que se desborda de zombies compradores, los email blasts con tips para no ser víctimas de robos y la infame “temporada lluviosa” (porque ya sabemos que no es “invierno” pues Panamá no tiene estaciones — Ey, ¡aprendo rápido!). Esta última es tan garrafal que cada año sorprende más y más a la ciudad con sus piscinas urbanas -perfectas asesinas de automóviles- y sus despiadados deslizamientos de tierras… Suspiro, pues eran tierras que prometían mantener hogares en pie. No creo en los Mayas, eso sí. Fin del mundo my foot.

Inherentes a diciembre también son las fiestas y los eventos, que para muchos son sinónimo de actos de presencia obligatorios seguidos de crudas “bombas de humo”. Y, párenme la música, atrás no se quedan las palpitantes cifras cuya caída en picada no logramos comprender cada vez que visitamos nuestra Banca en Línea. Amigos, recordemos que cada firma bonita y ostentosa puya contra el bolsillo.

¡Pero qué desastre diciembre entonces!

Las quejas llegan a diario, y gratis… ¡sin suscripciones! Sin embargo, detrás de una queja está una razón, tímida pero llena de potencial, para dejar atrás la bendita ñañequería.

¿Llueve? Espera un rato para salir y no te arriesgues; tu carro NO es un Transformer. ¿Quieres regalarle algo ostentoso a tu amiguito secreto para que todos queden deseando que tú les hubieses regalado? Ok, no hay problema. Solo recuerda que tienes ahorros -o eso esperaría- que sirven para ese viaje que tanto quieres hacer a Europa. Imagina tu Instagram lleno de perfectos paisajes medievales. ¿Vienen las fechas en que debes partirte en cuatro para cumplir con tu árbol genealógico? Pues, ¡te lo bailas y gozas! Las ramas seguirán creciendo.

Cada uno hace su diciembre. Yo acompaño el mío con buena compañía, una copita de ron ponche y remodelaciones hogareñas que desde hace tiempo quería hacer. Confieso que jamás en mi vida había sostenido un rodillo para pintar, y este domingo terminé trepada en una escalera -que pedí prestada al conserje del edificio- con mi cabeza rozando el techo mientras perfeccionaba con brocha las esquinas luego de sostener una lucha (¡que al final gané!) contra ese escurridizo rodillo. El resultado de aquel día: Un arbolito de Navidad llamado Chris al que miro y sonrío todos los días. ¡Sé que a él le encanta que lo vean con su nuevo look de drag! Adicional, tengo mis dos paredes color “Synergy” de Sherwin Williams que me hacen difícil tener que salir de mi apartamento.

Prendo nuevamente el cigarrillo y disfruto de mi cappuccino hecho en casa. Ahora viene el eléctrico a revisar por qué carajos las luces de mi casa tienen complejo de discoteca.

Besos, la vita è bella.

¿Por qué una hojita?

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Curundu, noviembre 2012.

“¿Dónde te la hiciste?”, “¿qué significa?” son algunas de las preguntas que me hacen al notar que me hice un tatuaje el 24 de noviembre cuando cumplí veinticuatro.

Han pasado ya algunos meses desde que la vida me baila y me coquetea. Yo le digo la “Vita Bella”, y algunos sabrán por qué… Vamos, tampoco es muy profundo; es el nombre del PH donde vivo.

Hay situaciones y elementos triviales del día a día que me atraen y me mantienen pensando, convirtiéndose en “el todo del nada”, como le dicen a mi forma de analizar las cosas. Tales son los casos de la cocina, que se ha convertido en mi buena -y a veces condescendiente- amiga, y la jardinería, que me concedió los tres meses de prueba y me agregó a planilla a pesar de que casi mato a mi pobre Violeta tras dos generosas semanas de mononucleosis. Adicionalmente, el verde sustituyó a un color indefinido que tenía por favorito, y el aire fresco me relajó.

Ahora, aprecio el té mas que nunca porque me limpia la conciencia cada vez que cometo algún horror gastronómico. Y, aunque el agua y mi vejiga no se lleven del todo, insisto en mantenerlas juntas por el bien del porcentaje corporal acuático considerado “saludable” según mi estatura y peso.

Y el ejercicio, pues… ¡Es mi eterna relación de amor-odio! Soy fiel creyente en que las zapatillas y yo necesitamos más de una sesión semanal de terapia; soy muy egoísta y siempre les digo que necesito tiempo para mí.

Cierto… “¿Por qué una hojita?” Bueno, la explicación no es trascendental. La pregunta sencillamente me hace pensar en cosas como las que mencioné arriba. Y, al final, se resume en una respuesta que va algo así como: “Porque amo las plantas y el verde es mi color favorito”.

Entonces me responden: “¡Ah! ¡Qué linda!”. Y vuelvo a pensar: “¡La vita è bella!”